Gala de los Goya 2015

Estatuilla premios Goya
Eran las 06:00 AM. Odiaba madrugar, pero ese día debía hacerlo. Un café bien cargado, un par de tostadas con aceite y un poco de queso del curado. Había que coger fuerzas para lo que le esperaba.

Había repasado el plan mil veces, andado y desandado otras tantas el itinerario a seguir. Había ensayado frente al espejo con la pistola de balines de su sobrino pequeño al más puro estilo Travis Bickle. Era el día.

El plan era sencillo. El objetivo, claro: robar las estatuillas de los Goya el mismo día de la Gala de entrega. Interceptaría al camión cortándole el paso con el coche que compró cuando estaba de Erasmus en un antiguo país de la URSS (una antigualla fuera del mercado y de los registros). Bajaría del vehículo y con el arma en la mano detendría la furgona y se haría con el botín. Los “cabezones” pesan mucho, así que en el maletero iría una carretilla, robada de la obra del Polideportivo del pueblo de su ex-novio.

¿Por qué hacía esto? Porque sí, porque había trabajado años y años en el mundillo audivisual y la mayoría de gente que formaba parte del mismo le parecían auténticos gilipollas. Se había esforzado como la que más, sin recibir a cambio ni un solo gesto de agradecimiento (ni monetario ni personal, ni ostias). Buscaba una dulce venganza, que sabía que se convertiría en una simple anécdota, ya que era consciente de que pronto la pillarían y su aventura acabaría en la cárcel. Tampoco le parecía mal. En el presidio se hacían buenos contactos desde que los políticos habían empezado a poblar las celdas de los principales centros penitenciarios del país.

Sonó la música de la alarma del móvil. Una melodía que le hizo ponerse a 100% de adrenalina. Había llegado el momento. Se calzó unas botas compradas en la tienda más barata del barrio más lejano de su casa. Se puso por encima un plumas negro y un gorro que sacó del Primark. Se metió en el coche, arrancó. La respiración no le dejaba oír el tráfico y lo sonidos de la calle. Miró de nuevo el plan (escrito en un folio) y se colocó donde debía.

Esperando, se sorprendió al ver pasar al vehículo 10 minutos antes de lo esperado. Tenía que reaccionar. Piso el acelerador y se plantó delante de la furgoneta. Sacó la pistola ante la cara atónita del conductor, quien no podía articular palabra. Lo estaba consiguiendo. Iban a abrir la puerta de detrás y darle las estatuillas. ¡Tomate esa, star system!, pensó.

Ya. Se abrían las puertecillas, pero… ¡ahí no había ni una mierda de estatuilla! Pronto una sensación de frío salió de dentro. ¡Había parado a los de la empresa de catering! ¡Me cagüen mi estampa!, gritó. Respiro y decidió coger toda digna la comida. Se la llevó.

Por la noche, maldiciendo su suerte, vio la gala, mientras degustaba las ricas creaciones elaboradas por la misma empresa de Samantha Vallejo- Nágera. Y miró con recelo el brillo de los premios. “Al año que viene, lo lograré”, dijo antes de meterse un montadito de huevo de codorniz y jamón a la boca. 

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