Lavandería autoservicio

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Eran las 3 de la mañana y allí seguían. Mario se reía por dentro al recordar el anuncio que lo hizo llegar hasta allí. “Lavandería self-service, 24 horas de servicio ininterrumpido”. La frase parecía ser cierta porque la lavadora seguía en funcionamiento con sus calzoncillos sucios y sus calcetines zurcidos. Con lo que no contaba el genio que ideó el slogan es que la persiana de la hermosa lavandería se cerraría automáticamente a las 00:00. Hubiera quien hubiera dentro.

Mario no estaba solo. A las 00:00, la persiana bajó y dejó en su interior a 3 extraños. Mario, 29 años, Lara, de 35 y Antonio de 49. Tres historias, tres vidas obligadas a frotar sus vergüenzas ante desconocidos. Fue todo muy rápido, no tuvieron tiempo de reaccionar. Oyeron un chasquido y ya fue demasiado tarde, el local estaba cerrado. Por supuesto, no había salida de incendios. La primera reacción de los tres fue llamar por teléfono (no había cobertura), gritar (no pasaba nadie), maldecir (no servía de nada).

No tuvieron más remedio que entablar conversación para intentar salir de allí. Cada teoría los aturdía más. ¿Pasaba todas las noches? ¿Por qué no había carteles que avisaran del cierre? ¿Eran un experimento de un sádico o de una cámara oculta? Para distraerse empezaron a hablar de todo un poco. Nada en común.

Mario era un licenciado en Historia que a duras penas sobrevivía haciendo todo tipo de trabajos que le salían. Había sido de todo: traductor, corrector, rey medieval en un parque temático, autónomo, reponedor… Vivía en el barrio y no disponía de lavadora por lo que tenía que bajar una vez por semana a una lavandería. No era la primera vez que estaba en esos bancos viendo girar y saltar a esas máquinas, siempre comparando el centrifugado con su vida en los últimos años.

Lara estaba casada. Su marido era maravilloso… maravilloso a los ojos de los demás. Ella lo veía como un sucio insecto, preocupado por comer mierda y sin ningún tipo de interés por ella. Lo había dejado de desear a los pocos años de dar el sí quiero. La ambición de él en el mundo de los negocios y su hipocresía ante los demás, le sacaban de quicio. Ella era directa y no soportaba que su marido hiciera la pelota a sus jefes y posibles contactos. Asqueada buscó fuera lo que no tenía dentro. Hoy estaba allí lavando sus sábanas, las únicas que sabían de su vida secreta, de la vida que le hacía feliz.

Antonio era fontanero. Antes era de los honrados, de los que ayudaban a los vecinos y arreglaban un grifo chorreante por unos euros de voluntad. Ahora, no. Ahora si podía estrujaba sus salidas, cobraba por todo y si tenía la oportunidad carga gastos extras por cualquier nimiedad. Podía ser cosa del camino hacia la vejez, de los impuestos del gobierno o simplemente por avaricia. Era viudo. Sobre su mujer no sabemos nada. No la quiere recordar. Ni siquiera llora el día del aniversario de su fallecimiento. Ha bajado a la lavandería porque su hermana, que suele ser quien le lava la ropa, está de viaje en Roma. Ha ido a ver al Papa Francisco, quiere ver al argentino, del que cree que cambiará a la Iglesia. Antonio odia la religión, sólo sigue los dogmas que marcan los billetes de euro.

El reloj va caminando. Las lavadoras acaban sus programas. Como en la televisión, con el fin del ruido,  llega la hora de cambiar de canal, el silencio asusta y los tres extraños comienzan a hablar de temas de todo a 100. Que si el tiempo, que si las alergias, que si los productos de temporada, que si el jabón y el suavizante. De vez en cuando, alguno se levanta e intenta levantar la persiana sin éxito. En otras ocasiones, miran el móvil. ¡No hay ni tarifa de datos! ¡Qué barbaridad!, protestan.

Oyen al camión de la basura, al que gritan sin éxito. Eso sí, se desahogan golpeando y sacando de sus gargantas todo el odio y la rabia que acumulan en su interior. Mario golpea pensado en su frustración, Lara, en su marido y Antonio, en su vacío. Al final caen derrotados y deciden usar la sábanas de ella para compartir lecho durante unas horas. Esperan que junto al sol llegue su libertad.

Así ocurre. A las 7:00 se abre la persiana. Nadie al otro lado. Recogen sus ropas. Se despiden.

Nunca se volverán a ver, a no ser que coincidan en una tienda de electrodomésticos.

*Fuente de imagen de portada: http://www.morguefile.com/

*Inspiración: http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/aragon/queda-encerrado-lavanderia-autoservicio_926061.html

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