Adicciones

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Julia tenía la buena costumbre de ducharse todos los días. Con esmero y con un ritmo acompasado con el segundero del reloj, se frotaba cada rincón de su cuerpo. Extendía el jabón con la mano derecha, mientras que con la izquierda se rascaba tras las orejas. Un día, como acto de rebelión, cambió el gel por lejía. Se sentía más limpia, sin nada de suciedad.

Una mañana, en pleno acto de su nueva limpieza personal, pasó su mano cerca de su nariz, sintió una pequeña nausea y un mareillo. Perdió un poco el equilibrio, pero la sensación del agua calentita corriendo por su piel, mientras perdía unos grados de conciencia, le resultó casi divino. Siguió con su ritual de limpieza, hasta que un día, se pasó de la dosis de lejía y cayó en la bañera.

Pestañeó y abrió poco a poco el ojo izquierdo. Después el derecho. Algo raro había pasado. Parecía estar en una cuba gigantesca de porcelana azul, con un desagüe que podría ser un cráter lunar. Debía estar drogada por culpa de su pequeño placer. Cerró de nuevo los ojos, los apretó, respiró y los reabrió. Nada había cambiado.

Entonces cayó en la cuenta de su nueva condición de mujer diminuta. De primeras no fue una buena noticia, pero pronto cambió su mente y decidió sacarle provecho a su recién adquirido tamaño. ¡Limpiaría todos los instrumentos de cocina desde dentro!

Con esfuerzo y con imaginación, logró salir de la bañera y se fue a la cocina. El trozo de pasillo que normalmente le hubiera costado dos pasos recorrer, se convirtió en una dura etapa. Llegó a su destino y se descalzó cuidadosamente para meterse dentro de la cafetera.

Uno a uno fue limpiando con paciencia todos los aparatos eléctricos que tantos quebraderos de cabeza le habían dado con su anterior tamaño. Era una chica con dedos rechonchos y torpes. Nunca pudo tocar el piano.

Especialmente duro fue el horno. La grasa estaba pegada a las paredes, acoplada como los moluscos a las rocas. ¿Cómo no podía verla en su condición normal? Frotó y frotó, frotó y frotó. Estaba cerca de acabar, cuando oyó la voz de su compañero de piso.

¿Cenamos una pizza? Pon a calentar el horno.

Esa fue su sentencia de muerte. Como última voluntad decidió frotarse de nuevo con lejía acercándola mucho a la nariz, sintiendo como su vigor se iba apagando, mientras que su temperatura iba aumentando.

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