Cuento infantil: El León Ramón

Mis abuelos tenían un león, el León Ramón. Para ellos era solo un objeto al que quitar el polvo, pero cuando mi abuela salía de la habitación rechistando, el león Ramón le sacaba la lengua. El León Ramón decidió hablarme por primera vez la pasada Nochebuena para avisarme de que Papá Noel ya había dejado mis regalos.

Me contó que, a pesar de ser un león, había nacido en China y que desde pequeño había vivido encima de la tele. Un día el abuelo trajo una tele muy estrecha y el León Ramón pasó a la estantería junto a los libros de receta de la abuela.

Era muy valiente. Una vez se enfrentó a la Jirafa Rafa. El abuelo me riñó a mí porque dijo que había sido yo quien la había roto. No me creyó. El León Ramón también hacía trastadas y un día pintó la pared del salón con pinturas del cole. La abuela tuvo que usar un trapo húmedo para limpiarlo. La verdad que no me hacía mucha gracia que hiciera tantas travesuras y que mis yayos siempre pensaran que era yo.

Hablé con él para pedirle que se portara bien porque mi cumpleaños era pronto y quería que mis abuelos me compraran una bicicleta. El León Ramón torció el morro y me dijo:

-Si quieres que me esté quieto tendrás que traerme caramelos todas las tardes

-¿De naraja o de fresa?

-De menta, que soy un león vegetariano y desde que conocí a la manzana de porcelana no como fruta.

-¡Pero si la fruta es muy buena!

Cada tarde cuando los abuelos iban a la cocina a prepararme un buen bocadillo de mermelada, sacaba todos mis caramelos de menta del bolsillo y el León Ramón se los comía uno a uno. Un día,  me enseñó a rugir y asusté a la abuela y casi se le cae mi bocadillo al suelo.

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El León Ramón. Fuente: dibujodeleonparaimprimir4

Seguía sacándole la lengua a mis yayos y le pedí que no lo hiciera más, que la abuela lo cuidaba mucho y le pasaba un trapo por encima día sí, día también. Pero era un rebelde y siempre que pensaba que no lo veía le ponía muecas al abuelo y le escondía las gafas.

Un día los yayos se fueron de vacaciones a la playa y fui con ellos. Me llevé a Ramón y lo saqué para que le diera el sol. No se puso moreno, al revés, se puso más blanquito y no paraba de gruñir y de decir:

-Qué yo soy de interior. No me quiero bañar y además no sé nadar.

-No te preocupes Ramón que ahora te pondré crema de sol.

Volvimos de las vacaciones y los abuelos decidieron mudarse al pueblo a vivir. Me dio mucha pena porque no podría ir a verlos todos los días y tampoco podría jugar con el León Ramón. La abuela Vicenta se llevó a Ramón y me prometió que lo cuidaría. Y además en el pueblo, para que no pasara frío, lo pondría al lado de la chimenea.

Me puse triste, me despedí de los yayos y de Ramón y les prometí que en verano iría a verlos y que como ya tendría 10 años iría con mi bicicleta sola por el pueblo. Me dijo que se iba a portar muy bien y yo le dije que le llevaría muchísimos caramelos de menta.

Llegó el verano y al día siguiente de acabar el cole me fui al pueblo con mis abuelos. Después de abrazarles fui corriendo a la chimenea a buscar a Ramón. Pero no estaba. Sin embargo, había un envoltorio de caramelo. El León Ramón, a pesar de no tener manos, había escrito que había conocido a Ramona la Leona y que habían decidido ir a China a conocer a sus padres. Pasé un verano genial y aprendí a ir en bicicleta. Ramón no volvió ni en junio, ni en agosto, ni septiempre. Tuve que volver a la ciudad para empezar el nuevo curso. Espero que Ramón termine pronto su viaje y lo pueda ver al verano que viene. Yo le llevaré caramelos de menta por si acaso.

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