Desorientados en el Islote

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Cogió la taza de té y la acercó a su boca. Tuvo que retirarla rápidamente porque se quemó la lengua. No le importó. Estaba a un paso de conseguir lo que andaba buscando desde hace meses. Solo faltaba que el teléfono sonara.

Unas semanas antes estaba aburrida. Pasaba las horas sentada en el sofá, pasando de canal en canal, sin rumbo fijo y con la mirada perdida entre los píxeles de la televisión. Un anuncio hizo que el índice de su mano derecha dejara de moverse.

“Desorientados en el islote, próximamente en sus pantallas”. Una serie de imágenes, cortadas por unos editores con técnicas de novatos, empezaron a sucederse. “¡Coño!, pero sí eso me suena”, pensó. Corrió a su estantería y cogió unos viejos libros que habían servido para entretenerse unos meses cuando quería ser antropóloga. “Ahí está, eso es Matrapla”. No tenía ninguna duda de que ese tipo de construcción pertenecía al país africano. El resto de imágenes dejaba entrever a los lejos una ciudad.

Abrió la tapa de su PC y buscó información sobre el programa en Google. La página web oficial proponía juegos antes de que empezara el programa para ir captando fieles. Una vez, había leído que existían grupos en EE.UU. que se dedicaban a intentar descubrir todo lo posible para adivinar qué iba a ocurrir en este tipo de realities. No tenía nada que hacer así que se empezó a investigar.

Se notaba que la televisión estaba en crisis porque la pistas fueron saltando en su pantalla al teclear determinadas palabras. Gracias a Facebook descubrió a algunos de los concursantes. “¡Qué idiotas!, no tienen su muro cerrado!”, exclamó mientras cotilleaba su perfil. Poco a poco hizo una lista de posibles nombres de posibles jugadores.

Recordó a Luis. Ays, Luis. Guapo, pero informático. Un genio, pero asexual. Su naturaleza, poco propensa a los placeres carnales, le había permitido tener una carrera brillante. Vivía en EE.UU. y controlaba las imágenes recogidas por satélite del continente africano para documentar la erosión del paisaje subsahariano. Era el momento de mandarle un correo.

“Hola Luis,

¿Qué tal? ¿Algún avance en el trabajo? Nada, estaba aburrida en casa, revolviendo mis apuntes de Matrapla. Así que me he acordado de ti. ¿Podrías mandarme las imágenes de la ciudad Longhe y sus islotes de alrededor de los últimos 6 meses? Voy a intentar pedir una beca para artistas y quiero hacer una superposición de imágenes que muestre diferentes momentos del año de la ciudad a la vez que interpreto con una flauta de hueso de Ñu la melodía de la danza de Matrapla.

Ya sé que será complicado, pero es que estoy muy aburrida. Hazme el favor”.

Luis tardó unos días, pero respondió y envío las imágenes día a día de Longhe y sus alrededores. Con la lupa en la mano, descubrió lo que buscaba. Ahí estaban. Un grupo, de 15 personas. Cada semana había menos, hasta solo quedar uno. Cotejó las imágenes con las fotografías de Facebook. Fue un trabajo de chinos, pero al final consiguió descubrir más o menos quién era quién y el orden de salida del programa. ¡Ja! ¡La tenía!

Buscó el número de teléfono de la cadena y pidió que le pasaran con el departamento de comunicación. Allí exigió que le dieran el contacto del director de Desorientados en el Islote. Tuvo que inventarse que trabajaba para un periódico del norte donde estaban muy interesados entrevistarle para realizar un reportaje para sus páginas de Comunicación.

–  Hola, usted no me conoce. Sin embargo, quiero decirle que tengo información muy valiosa sobre su programa.

–  Otra, con lo mismo. ¿Qué quiere? Seguro que sabe todos los trapos sucios de nuestros concursantes, ¿no?

–  No, sé lo que va a pasar. Puedo reventarle el programa en este mismo momento. Es lo que tiene hacer un programa enlatado y tener montadores tan torpes.

–  Ah, ¿si?-dijo con ironía. ¿Qué puede decirme?

–  GH se va en la octava expulsión y en la final se enfrentan dos mujeres y un hombre.

Se hizo un silencio. Y volvió a hablar ella.

–         ¿Sorprendido? Pues aún sé mucho más. La lista de nombres es…. (Comenzó a soltar uno tras otro spoilers del programa)

– ¿Qué quiere?- preguntó nervioso.

–  Quiero 10.000 euros o filtro la información. Tengo contactos en prensa y además sé cómo manejarme en otros ámbitos.

–  ¡Estás loca! ¿Quién eres? ¿Qué pretendes?

– Pretendo tener algo de dinero y sacar tajada de este reality, vamos como tú. 10.000 euros, en metálico. Quiero que los dejes en la estación de Arco del Triunfo de Barcelona, en la taquilla 14. Cuando estén me llamas a este número. No intentes localizarlo está registrado bajo un nombre falso y lo tendré apagado hasta mañana.

– Me pondré en contacto contigo.

Sonó el teléfono. Todo estaba hecho. Se subió en un avión para perderse en un islote caribeño.

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  1. […] Y si prefieren una isla desierta… vénganse al islote de Bea: “Cogió la taza de té y la acercó a su boca. Tuvo que retirarla rápidamente porque se quemó la lengua. No le importó. Estaba a un paso de conseguir lo que andaba buscando desde hace meses. Solo faltaba que el teléfono sonara.” Pinchen el anzuelo. […]



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