El anillo de boda

Los dos habían leído Asfixia. Los dos estaban en paro. Los dos habían estudiado letras. Los dos estaban arruinados, pero los dos se querían. Se habían conocido en la biblioteca, en la fila de devoluciones. Ella se disponía a dejar un libro que él quería leer.

Se enamoraron. Como a toda pareja les gustaba salir, pero no tenían medios para disfrutar de los placeres gastronómicos de los que hablaban las revistas y los blogs de moda. Urdieron un plan: “El truco del anillo de boda”.

Primero lo probaron en una hamburguesería, no fuera que no colara. A mitad de un perrito caliente, él sacó una cajita roja con un anillo dentro y ella se hizo la sorprendida y comenzó a dar grititos para llamar la atención del camarero. Se besaron. El objetivo se cumplió: Cena gratis.

Repitieron la operación varias veces en semanas alternas y en puntos diferentes de la ciudad. No se atrevían a ir a locales demasiado caros. La perfección de sus actuaciones iba creciendo cada semana, incluso en algunos garitos, ella lloraba de la emoción e improvisaba, rompiendo el guión establecido. Pasaron casi seis meses y con miedo a ser pillados cambiaron de ciudad. Visitaron los pueblos de alrededor, en horario de comidas, a los que llevaban los autobuses de Alosa.

Tenían en rojo marcado en el calendario un día, el de su primer aniversario, el 23 de octubre. Esa fecha sería especial. Irían al mejor restaurante de Zaragoza, donde el cubierto era de 135 euros por persona. Cambiarían el modus operandi, para prevenir, pero también por propia diversión. La idea era seguir las pautas habituales. A mitad del segundo plato, él sacaría la cajita y ella, en vez de aceptar la proposición, se levantaría y se iría, dejándolo allí solo.

Se vistieron con sus mejores galas (vestidos con la etiqueta puesta para devolverlos al día siguiente) y se sentaron, evitando poner los codos en la mesa. Disfrutaron de las bombas de sabores y de la mezcla de alimentos sólidos, líquidos y gaseosos. Los efluvios de un buen reserva empezaron a ser visibles en sus rostros. No podían perder la agudeza mental, hoy no.

En el bacalao gratinado, él sacó de su bolsillo izquierdo una cajita nueva. Asegurándose la presencia del servicio a pocos pasos, la abrió y le dijo: “Después de tantos años maravillosos juntos, bueno…ya sabes… ¿Te gustaría casarte conmigo?”. Esta vez había sonado diferente. Ella, secamente, le respondió: “ni por todo el oro del mundo”. “No estamos preparados. Me tengo que ir”, añadió. Cogió su minibolso y salió por la puerta.

Él se quedó allí, como estaba previsto. El camarero se acercó, le escuchó y le consoló. Terminó de comer. “Le invitamos a un chupito por lo todo lo que ha pasado”, dijó a la vez que dejaba una bandejita en la mesa. Abrió la solapa y vio la cuenta: 270 euros de menú, más 70 del vino. Se le cambió la cara. No encontró salida a la situación, se mareó, pero tuvo que pagar. Sacó su tarjeta y vio en su cabeza como su dinero se esfumaba en manos de un bacalao y un pepino gigante.

Salió del restaurante y fue dónde había quedado con ella. No estaba. La llamó al móvil. No contesto. Fue a su casa. Igual respuesta. No supo nada más de su dulce cómplice en unos días, pero a la semana, le llegó una carta manuscrita con pilot negro y su letra.:“Lo que te dije en el restaurante es todo cierto. Lo siento”. Arrugó el papel, cogió el anillo y lo lanzó por la ventana. Juró entonces que jamás se casaría.

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