Relato: Jamás saldrá en el periódico

Lo encontré sentado en un banco, devorando una hamburguesa del Mc Donalds. Su mirada vigilaba que el pepinillo que asomaba por el borde no terminara de escurrirse. Quizá era la primera vez que probaba un penillo. No lo recordaba y realmente le daba igual. Me acerqué y me senté a su lado.

No tuve que decir nada. Saqué mi bolígrafo y un cuaderno comprado en los chinos y él, solo, comenzó a contarme su periplo. Se llamaba Mamadu y era natural de un pueblo de Zambia. No quiso relatar más. Ni siquiera me dijo su edad. Mamadu había llegado a España hace escasamente dos días. Este era el viaje que iba a cambiar su vida. Lo había planeado hacía varios meses cuando vio un cartel en la iglesia de barro de su aldea. No lo dudó, era su oportunidad para viajar a Europa y ayudar a su familia a salir de la miseria.

Tuvo que fingir, aprenderse de memoria textos que para él no tenían sentido alguno, vestirse como nunca lo habría hecho e incluso probar el vino. No fue difícil. La verdad que a medida que pasaba el tiempo le daba pena su engaño. Quienes le rodeaban le estaban dando ayuda y todas las facilidades del mundo, por eso se sentía un poco culpable. Aún así no renunció a su plan.

Era agosto, después de mucho papeleo, consiguió subir al avión. No lo podía creer. Dejaba su África natal a sus espaldas, prometiéndose que volvería, que moriría sobre la tierra cobriza de su pueblo. Llegó a Madrid. Pensaba ya dar el paso, pero decidió esperar un poquito más. No se sorprendió de España. Le subieron a un autobús y le llevaron a Zaragoza. Cuando descendió después de 4 horas de viaje, cogió su maleta y siguió al grupo, mientras este no dejaba de cantar.

Entonces, lo hizo. En un descuido, se alejó de sus compañeros. Era libre. Se quitó el polo con la insignia que lo delataba y sacó un trozo de papel donde había una dirección escrita: “C/ Unceta 37. Delicias”. Allí se reuniría con otros compatriotas. Todo fue muy bien, sin problema.

La noticia sobre su desaparición no saltó a la luz. No fue como la de aquellos jugadores de baloncesto cubanos que aprovecharon un amistoso en España para abandonar su país, no. Mamadu había huído de las Juventudes Cristianas que se reunían en Madrid para ver al Papa. La mala propaganda no era buena para un movimiento que perdía fieles cada año. Mamadu me explicó que le sabía mal haberse aprovechado de las buenas personas que le habían traído hasta aquí, pero que no tuvo al final ningún miramiento porque “los hombres blancos llevan viniendo a mi aldea desde hace décadas. Prometiendo mejoras y haciéndonos renunciar a nuestras creencias, fingiendo que les importábamos. Solo me he aprovechado de su fe, como ellos han hecho durante años, nada más”.

Guardó silencio y dio por acabada la cita. Me dio las gracias y me pidió un cigarrillo. Su historia jamás se publicó.

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