Se acabó el candor

Eran sus últimas horas. No era nada que no fuera evidente. Su candor era tenue y cada segundo amenazaba con apagarse del todo. Luchaba contra el destino, pero sabía que no había otro final posible.Él la animaba y jugaba cada día regalándole minutos y reflexiones. Ella tenía miedo a que no luciera más, por eso evitaba relacionarse, solo la observaba desde la lejanía y con la taza de café en la mano, le lanzaba miradas de compasión.

Una cosa era cierta, cerca de su final, no perdió aroma y cada vez que se agitaba, desprendía una fragancia que inundaba toda la casa. Llegó el día en que, tras unos últimos espasmos, dijo adiós para siempre. Eso sí, dejando en el ambiente la presencia de su aroma.

Él, con pena, la cogió en sus manos y dudó donde reposar su cuerpo inerte. Finalmente optó por la bolsa de reciclaje verde, la del cristal, ya que solo quedaba el vidrio de la primera vela de su hogar. “Habrá que ir al Mercadona a comprar otra”, espetó. “Sí, pero esta vez con olor a Vainilla”, respondió ella.

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